
Inteligencia humana e/o inteligencia artificial
Análisis
Francisco Galván GonzálezCriminalia Exprés · Año I · Núm. 046 · Febrero de 2026 · 9 min de lectura
No soy un experto, ni siquiera un estudiante de la Inteligencia Artificial [IA], por lo que, solo haré algunas reflexiones relacionadas con ella, pensando primordialmente, en los efectos que la IA, en esta época, están o pueden determinar las orientaciones filosóficas.
La idea de la IA no es de hoy. Su historia se remonta hasta aproximadamente 2600 años en la Grecia antigua con el mito de Talos:
La leyenda de Talos, el primer autómata de la Historia. El término ‘robot’ es un préstamo del inglés que tiene su origen en el checo robota, que podría traducirse como ‘trabajo forzado’, y rabota (‘servidumbre’). Encontramos otros términos con la misma raza indoeuropea y significados similares en el ruso, el alemán o las lenguas nórdicas y su popularización como una forma de referirse a una entidad mecánica que trabaja para el ser humano se la debemos al dramaturgo Karel Capek y a su Rossumori Univerzal hi Robot: (Los Robots universales de Rossum), publicada en 1920. Sin embargo, la idea de una criatura artificial que actúa como siervo de la humanidad es mucho más antigua, encontrando su primer ejemplo en la Antigua Grecia con el mito de Talos el autómata. […].
Se dice que un día, Zeus pidió a Hefesto un invento que pudiese proteger a su amante Europa (esa a la que el dios sedujo convirtiéndose en un toro), que era la madre del rey Minos y vivía en Creta. Hefesto se encerró en su taller y al cabo de un tiempo presentó al Crónida a Talos, un gigante con aspecto humano hecho íntegramente de bronce. Para otorgar vida al cascarón metálico, Hefesto introdujo en Talos una larga y finísima vena que iba desde la cabeza hasta el talón derecho y estaba llena de icor, una sustancia mitológica que solía identificarse como parte de la sangre de los dioses o como ingrediente de la ambrosía que bebían en los banquetes del Olimpo. En el talón, el gigante tenía un tornillo de bronce que evitaba que el líquido se derramase. […].
Las primeras menciones que se conservan de Talos datan del siglo VII. a.C., y lo encontramos en relatos, obras de teatro, frescos cerámicas o esculturas. Su historia debió ser muy popular e incluso es posible que sirviera como inspiración para que inventores griegos diseñaran otra clase de autómatas como aves artificiales capaces de mover las alas. Con todo, la figura de Talos no deja de ser una alegoría mitológica que muchos expertos han descrito como una personificación a la flota que defendía la costa de Creta y que estaba equipada con armas y escudos de bronce.2
Esta descripción, y otras que, también, registran hechos en los que documentan inventos que pueden ser precedentes de la IA, permiten cuestionar su supuesta novedad científica:
La Inteligencia Artificial como creación del ser humano no es completamente nueva, su desarrollo hasta el día de hoy, podemos decir, ha sido un pensar constante y permanente en la búsqueda de superación de los errores y lograr la perfección técnica y científica.3
[…] La ciencia ficción ha creído descubrir mundos nuevos al imaginar sociedades regidas por computadoras, por máquinas que aplican sin piedad y sin criterio un conjunto de normas; la verdad, estos criterios son tan viejos como la historia, pues siempre ha habido hombres que sólo deducen, o sea, que sólo son capaces de pensar a medias: de establecer relaciones y de comparar para aplanar, pero no capaces de distinguir y mucho menos de comprender.4
Este recorrido histórico, confirma el proverbio del rey Salomón:
«No hay nada nuevo bajo el sol». El origen de este proverbio se encuentra en la Biblia, en concreto en Eclesiastés (Capítulo 1, versículo 9), y se le atribuye al rey Salomón: “Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol”.
La traducción proviene del latín (Nihil novum sub sole), y gira alrededor de la idea de que todo, o casi todo, tiene un precedente, la Historia se desarrolla de manera cíclica, repitiéndose cada cierto tiempo unos hitos concretos, que pueden transformarse en la forma pero no en el fondo.5
Si bien, la preocupación del hombre, por el desarrollo tecnocientífico es, y seguirá siendo, permanente, su consolidación como objetivo prioritario se decidió con el inicio de este siglo XXI que marca el principio de la Cuarta Revolución Industrial caracterizada por el internet y las energías renovables. Así, en estos primeros veinticinco años, sin duda, los cambios tecnocientíficos transcurren de manera vertiginosa en relación con IA, internet, impresión 3D y 4D, cobots, realidad aumentada y realidad virtual, big data, entre otros.
Si la IA está orientada para la sustitución del ser humano, para crear máquinas pensantes, podemos imaginar que, el hombre, quiere dejar de ser Homo Sapiens (Hombre Sabio) para llegar al estadio máximo de su evolución: Homo Deus (Hombre Dios6):
[…] Este lo dedicaremos [se refiere al capítulo] al credo más conservador del tecnohumanismo, que sigue vinculado a los humanos como la cúspide de la creación y se aferra a muchos valores humanistas tradicionales. El tecnohumanismo conviene en que Homo sapiens, tal como lo conocemos, ya ha terminado su recorrido histórico y ya no será relevante en el futuro, pero concluye, que, por ello, debemos utilizar la tecnología para crear Homo Deus, un modelo humano muy superior. Homo Deus conservará algunos rasgos humanos esenciales, pero también gozará de capacidades físicas y mentales mejoradas que le permitirán seguir siendo autónomo incluso frente a los algoritmos no conscientes más sofisticados. Puesto que la inteligencia se está escindiendo de la conciencia y se está desarrollando a una velocidad de vértigo, los humanos deben mejorar activamente su mente si queremos seguir en la partida.7
Este pensar y buscar al Homo Deus, hoy, tiene como antecedente próximo al superhombre de Friedrich Nietzche y del humanismo evolutivo del nacionalsocialismo:
Esta idea es una variante actualizada de los viejos sueños del humanismo evolutivo, que hace ya un siglo pronosticó la creación de superhumanos. Sin embargo, mientras que Hitler y sus acólitos planeaban crear superhumanos mediante la cría selectiva y la limpieza étnica, el tecnohumanismo del siglo XXI espera alcanzar el objetivo de manera mucho más pacífica, con ayuda de la ingeniería genética, de la nanotecnología y de interfaces cerebro-ordenador.8
Este objetivo del ser humano debe aplaudirse pero, también debe preocuparnos, y mucho, porque como dijo Tito Maccio Plauto [254/184 a. C.]: «El hombre es el lobo del hombre», frase célebre con contenido político como el pensamiento de Thomas Hobbes, lo que ya se manifiesta con la fabricación de instrumentos y máquinas bélicos.
En los últimos años la influencia de la IA como distractora del quehacer científico para actividades estrictamente humanas [salud, educación], y su irrupción como objeto de estudio de otros saberes [derecho, biología9, psicología, sociología, ciencias exactas y naturales] y, en específico con la filosofía, pareciere que más que aplaudir, se le está cuestionando:
Aparte del caso de Putnam, uno de los principales teóricos (véase FUNCIONALISMO) de la analogía mente-computadora, los filósofos por lo general han adoptado postura negativa hacia los supuestos “fuertes” de la I. A. Uno de los núcleos de fondo de su crítica es que la I. A. no es verdadera y auténtica “inteligencia”, o porque es puramente sintáctica y carente de intencionalidad (Searle), o porque es discreta y asituacional, esto es, desarraigada del vivir cotidiano de los individuos y del ambiente natural y social típico del hombre (Dreyfus y Winograd-Flores). En otras palabras, como la inteligencia, fenomenológica y hermenéuticamente considerada no es una entidad abstracta ni lógico-formal, sino un concreto e histórico ser-en-el-mundo, del que también forman parte la corporeidad y la emotividad, se sigue: a) que las computadoras, careciendo del Ser ahí y de la precomprensión contextual que caracteriza (precomprensión que no puede traducirse en un conjunto finito de reglas conductuales), no poseen ni siquiera esa forma específica de inteligencia que se manifiesta en el “sentido común” y en sus inobjetables creencias; b) que la palabra “inteligencia”, a pesar de emplearse convencionalmente ya con preferencia a sistemas naturales, ya a sistemas artificiales, expresa más bien una homonimia que una verdadera analogía, o c) que la I. A., tomada en sentido fuerte, “es un abuso de los términos y una ideología” (K. Popper, Meccanismi contro invenzione creativa, etc., en AA. VV., L’autonoma spirituale, op. cit., p. 16).10
Si el núcleo fuerte de la IA es la mente, este es, de inicio, el problema de la filosofía. Es decir, el binomio mente/inteligencia, determina el primer problema filosófico: ¿son la mente/inteligencia artificial y la mente/inteligencia humana fenómenos análogos o fenómenos homónimos?
Si analogía significa semejanza, similitud, y homónimo hace referencia a diferencia pero con el mismo nombre, entonces, la IA tiene relación con la inteligencia humana solamente el nombre.
Si asumimos esta postura, como considero debiera ser, la actitud de los filósofos debe iniciar por considerar que las máquinas con movimiento y con IA no son seres humanos, no tienen vida, ni mueren, no tienen voluntad propia, no tienen libertad, y por lo mismo, no deben tener derechos por sí, sino a través de sus propietarios.
PróximamenteRevista CriminaliaSuscríbete a Criminalia 2026Los tres números impresos de 2026 y un regalo a elegir. Envío sin costo en México.$1,999 MXN · pago único anualPróximamenteEsta postura, no significa que el saber de la filosofía deba dejar de lado su preocupación por estos avances tecnocientíficos, pero sí, preocuparse porque el ser humano no sea desplazado de este mundo por objetos parecidos al hombre, pero que no son el ser, el hombre para quien existe hasta hoy, la tierra.
Aun y cuando la preocupación sea simular la IA, es decir, construir máquinas parecidas al hombre [idea antropomórfica] como en la época de la mitología con los dioses parecidos al hombre, al final, como dice Óscar de la BORBOLLA:
[…] El fin del pensar puede ser, ciertamente, entender, y esto tal vez se logre; pero el propósito de pensar es humanizarse y esto no se completa nunca. Lo más propio de los seres humanos es pensar y no se piensa solo para entender, sino para mantenerse siendo hombre. El que no piensa, como bien dijo Nietzsche, es un dios o una bestia.11
Y la IA no piensa, ¡solo reproduce, solo imita, solo repite!
Notas
- Daniel DELGADO, «La leyenda de Talos, el primer autómata de la historia», en muyinteresante.com. ↩
- Alfred Charles MOORHOUSE, Historia del alfabeto, Carlos Villegas [trd.], México, 2016, p. 12: […] Como sucede con otras instituciones humanas, el hombre ha avanzado en el desarrollo de la escritura alterando y acreciendo su herencia trozo a trozo, y no mediante una creación completamente nueva. ↩
- Óscar de la BORBOLLA, La rebeldía de pensar, Ciudad de México, 2023, p. 19. ↩
- Andrés SEOANE FUENTE, Del dicho al hecho histórico, Universidad Isabel I. ↩
- Norbert WIENER, Dios y Golem, S.A. Comentarios sobre ciertos puntos en que chocan cibernética y religión, México, 1988, p. 27: El hombre puede hacer hombres a su propia imagen. Esto parece ser el eco o el prototipo del acto de creación, por el cual se supone que Dios creó el hombre a Su imagen. ¿Puede ocurrir algo similar en el caso menos complicado (y acaso más comprensible) de los sistemas inertes que llamamos máquinas? ↩
- Yuval Noah HARARI, Homo Deus…, pp. 383 y 384. ↩
- Yuval Noah HARARI, Homo Deus…, p. 384. [También en] Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad, Joandomènec Ros i Aragonès [trd.], Ciudad de México, 2025, p. 258: […] Según los nazis, Homo Sapiens ya se había dividido en varias razas diferentes, cada una de ellas con sus propias cualidades únicas. Una de dichas razas, la raza aria, tendrá las mejores cualidades: racionalismo, belleza, integridad, diligencia. Por lo tanto, la raza aria, poseía el potencial para transformar el hombre en superhombre. […]. ↩
- Yuval Noah HARARI, Homo Deus. Breve historia del mañana, Joandomènec Ros i Aragonès [trd.], Ciudad de México, 2024, p. 377: […] Pero cuando los biólogos llegaron a la conclusión de que los organismos son algoritmos, desmantelaron el muro que separaba lo orgánico de lo inorgánico; transformaron la revolución informática, que pasó de ser un asunto simplemente mecánico a un cataclismo biológico, y transfirieron la autoridad de los individuos humanos a los algoritmos conectado en red. ↩
- Nicola ABBAGNANO/Giovanni FORNERO, Diccionario de filosofía, José Esteban Calderón/Alfredo N. Galleti/Eliane Cazenave Tapie Isoard/Beatriz González Casanova/Juan Carlos Rodríguez [trds.], México, 2008, p. 611, columna segunda. ↩
- La rebeldía de pensar…, p. 22. ↩
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la postura de la editorial.
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